Hay personas que cambian un campo entero y el mundo apenas se entera. David Rumelhart fue una de ellas. Psicólogo cognitivo de formación, no era ingeniero ni matemático en el sentido clásico, pero tenía una pregunta que lo obsesionaba: ¿puede una máquina aprender a reconocer patrones de la misma manera en que lo hace el cerebro humano? En los años 70 y 80, cuando la moda en inteligencia artificial era la lógica simbólica y los sistemas de reglas explícitas, esa pregunta era casi heterodoja. Rumelhart y su grupo en UC San Diego la persiguieron de todas formas.
En 1986 publicó, junto a Geoffrey Hinton y Ronald Williams, el paper "Learning Representations by Back-propagating Errors" en la revista Nature. Ese trabajo popularizó el algoritmo de retropropagación (backpropagation): el mecanismo que permite que una red neuronal calcule su propio error y ajuste sus conexiones capa por capa hasta mejorar. Es, en esencia, la misma técnica que hoy entrena a ChatGPT, a los modelos de imagen y a Claude. Ese mismo año, junto a James McClelland, publicó la obra monumental "Parallel Distributed Processing" (PDP), dos volúmenes que se convirtieron en texto fundacional de la ciencia cognitiva computacional y que mostraron cómo el pensamiento humano podía modelarse con redes de nodos interconectados.
Su carrera abarcó más de dos décadas en UC San Diego (1967-1987) y Stanford University (1987-1998). En 1987 recibió la Beca MacArthur, conocida como el "Premio Genio". En 2002, la Universidad de Louisville le otorgó el Premio Grawemeyer de Psicología, junto a McClelland, por el trabajo de procesamiento paralelo distribuido. Para 2001, sin embargo, a los 59 años, le diagnosticaron una forma devastadora de demencia frontotemporal llamada enfermedad de Pick, que fue apagando su mente lentamente. Murió el 13 de marzo de 2011, a los 68 años. La comunidad de ciencia cognitiva lo honró creando el Premio David E. Rumelhart, que se entrega cada año a quien haga contribuciones sobresalientes al modelado formal de la cognición humana.
La historia de Rumelhart me parece una de las más importantes, y también de las más silenciadas, de la IA. Su aporte no fue solo técnico: fue de perspectiva. Insistió en que para entender la inteligencia artificial había que entender primero la inteligencia natural, y eso lo llevó a un camino que parecía marginal hasta que, de repente, fue el centro de todo. Cada vez que le escribes a Claude o que una app reconoce tu cara o tu voz, hay un hilo invisible que lleva hasta ese paper de 1986 y hasta la terquedad curiosa de un psicólogo que creyó en las redes cuando nadie más las miraba.
Enlaces oficiales de David Rumelhart, El hombre que le enseñó a aprender a la máquina
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